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Soledades, música, paciencia literaria y otras obsesiones del escritor

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Entrevista con la escritora puertorriqueña Janette Becerra En su última publicación recorre los laberintos de la soledad, los momentos que transgreden la realidad conocida y el oficio del narrador. Y es que la profesora universitaria de la UPR en Cayey Janette Becerra es una escritora que no toca una melodía, sino una elegante y multirrítmica sinfonía. Cuentos misteriosos, divertidos; poesía romántica, irónica, intelectual; composiciones musicales;  guiones;  solidaridad, simpatía, honestidad, inteligencia amor y maternidad: son elementos que componen su universo creativo y calidad humana.  Esta hermosa diversidad se refleja en la profunda mirada de Janette.

El misterio del mundo apalabrado de alguna manera se funde con la realidad que rodea a los elegidos con el don, arte –y disciplina- de la creación literaria.   “No sabes cuántas veces he terminado un cuento para descubrir al poco tiempo en las noticias que el evento sobrenatural o insólito que allí narré se materializa después en algún lugar del mundo.  Me ocurrió con un microcuento inédito que se titula “Habeas corpus” (soy abogada y a veces recaigo en esas andanzas), que narra el episodio de un abogado que olvida a su bebé en el auto durante todo el día, con la consabida consecuencia fatal.  Pocas semanas después ocurrió un evento idéntico en España, y unos meses después, el de cierta ginecóloga en Puerto Rico. Por supuesto que ese evento ha ocurrido innumerables veces, no me lo invento yo.  Pero dedicarle días o semanas a contarlo y que poquísimo después ocurra de nuevo, provoca una sensación extraña. Me pasó también con otro cuento inédito “Cruzada literaria”, en el que narro un futuro bizarro de fanatismo literario, cuyo instrumento primordial de promoción consiste en pegatinas con pasajes literarios que se adhieren a los autos.  Dos meses después salió en las noticias que en Argentina se había iniciado un movimiento similar. Me ocurrió con “Reflujo pasajero” (cuento ganador del Certamen de El Nuevo Día, 2011), basado en la desaparición del vuelo Air France 447. Las noticias sobre el accidente habían dejado de aparecer en los medios hacía dos años. Me tomé varias libertades narrativas en el cuento al describir la forma como caía el avión, apenas unas semanas después comenzaron a publicar los informes de la investigación oficial, que describían una caída muy similar a la que yo había inventado. En ocasiones he sentido que tengo que tener cuidado con lo que escribo, porque quizás lo atraigo. Hay cuentos que ya había planificado y he descartado escribir. Spooky”, --comenta, Janette Becerra.

Recuerdo una línea de su cuento La reconciliación “El reloj tragó algunos segundos de silencio” (J. Becerra) y me doy cuenta que mientras la escuchaba  se me erizó la piel. Posiblemente vio mi rostro atónito (y eso que escribo cuentos de terror), pues sonríe como si hubiese echo una maldad que solo ella conoce. Tomo un sorbo del té helado  -otro día sobre los 90 grados en el área metropolitana- y comienzo la entrevista con su  poesía. Janette es una de nuestras poetas más conocidas y talentosas. Nos conocimos personalmente hace unos diez años durante una entrevista que nos realizara Ileana Cidoncha a la “nueva sociedad de poetas”  para un periódico capitalino. Y desde ahí siempre hemos sostenido una buena dinámica, porque es una mujer sumamente discreta, pero cuando te abre sus puertas irradia una intensidad humana muy especial.

Ana María Fuster: Tu poesía  es diversa: erotismo, sicología, juegos de palabras, humor y música. ¿Cómo trabajas estos temas?

Janette Becerra: “Soy bastante cerebral en mi escritura, como lo soy en el resto de mi vida.  No puedo evitarlo: es mi personalidad.  Así que me interesan muchísimo los temas psicológicos, ontológicos, teológicos, metaliterarios... digamos que los juegos de la razón en contraposición al instinto o a la fe, y la estética como puente entre ambos polos.  En eso soy hija de Borges, de Matos Paoli y de Poe.  Nunca me he caracterizado por escribir sobre temas “femeninos”, por ejemplo, porque –aunque pienso como mujer e inevitablemente escribo desde el punto de vista femenino– los asuntos de género no son los tópicos que me apasionan o pueblan mis obsesiones.”

AMF: Siguiendo con la poesía, puedo ver claramente en tus versos una relación con el mundo de la música, en cuanto al ritmo y estructura.

JB: “He sido compositora. Creo que la música y la poesía comparten el ritmo como elemento medular. La nueva trova, por ejemplo, es para mí la perfecta fusión entre poesía y música: letras maravillosas –poemas, francamente– y melodías sublimes, conmovedoras. Así que me he servido de la música, a veces incluso del cancionero popular o de la nueva canción latinoamericana, para escribir poesía, para evocar en el lector un estado anímico peculiar.  De cierta forma, considero a la música un lenguaje superior: es tan difícil a veces reproducir con palabras una emoción estética, una determinada inclinación anímica... y la música lo logra precisamente porque prescinde del lenguaje verbal, con frecuencia frustrantemente insuficiente. Por eso he escrito poemas en los que recurro a instrumentos musicales o a canciones que sé que el público reconocerá, y es casi como si la lectura de ese poema requiriera, para ser completa, ese acompañamiento. A fin de cuentas, es el origen mismo de la poesía: recordemos que desde la antigüedad los versos se leían al son de una lira, y de ahí precisamente la etimología de lírica.”

AMF: Conocíamos a la Janette poeta, hace unos años hemos  descubierto a la cuentista. ¿Cuándo te iniciaste en la narrativa? ¿Qué diferencias fundamentales puedes reconocer entre la poeta y la cuentista?

JB: “Comencé a escribir cuentos hace mucho, en la década de los 90, y llegué a publicar algunos.  Pero no eran obras terminadas: eran ejercicios que se quedaban a medias, o que cuando releía sentía inacabados, verdes.  Quizás me faltaba lectura, madurez literaria. Fue hace cerca de tres años cuando decidí dedicarme más a la narrativa, en parte motivada por un certamen literario en el que quería participar.  Rescaté algunas de aquellas piezas viejas y descarté las que no tenían remedio. Desde entonces me he volcado a escribir cuentos, como si hubiera encontrado por fin una voz muy mía que había quedado engavetada.  Y ahora es el género que más intensamente practico. Siento que es el que se ajusta mejor a la etapa creativa en la que me encuentro. Como poeta soy más impulsiva: el poema se escribe de un tirón, se acaba pronto.  El cuento es todo un proceso y requiere días, semanas de trabajo. Se va tejiendo como un tapiz. Y si te fijas bien, probablemente se nota en la textura de mis cuentos cuánto voy ajustando minuciosamente los adjetivos, los verbos. Soy más detallista y quizás más preciosista en mi narrativa.  En el poema prefiero la pincelada y la revelación rápida, mientras que en el cuento procuro el desdoblamiento paulatino, la labor paciente.  El cuento me ha permitido desarrollar: paciencia literaria.  Y me hacía falta.

“La poesía sigue siendo para mí, no obstante, la manifestación más pura y cercana a la belleza de la que es capaz el lenguaje verbal, precisamente porque escamotea más las palabras, porque evapora más ese sustrato material de las palabras. Lo comparo con la plástica: ¿qué es un buen cuadro? ¿Aquel en el que grita tan alto la pintura que solo logramos ver capas y capas de pigmento, o aquel en que el elemento pictórico casi se desvanece para dejarnos la evocación de un significado, de una emoción, incluso cuando se trata de una obra abstracta o formalista?  Pues así mismo pasa con la literatura: si al terminar de leer sentimos que acabamos de atravesar un huracán de palabras y en vez de quedarnos una emoción estética, lo que nos queda es solo un recuerdo verbal, estamos lejos aún de la verdadera experiencia estética. Ambos géneros, la lírica y la narrativa –así como el drama y el ensayo– deben aspirar a esa meta última.”

AMF: Volvamos a tu narrativa, enfocándonos en tu libro Doce versiones de la soledad.  Además del suspenso y los elementos sorpresa en cada cuento, trabajas múltiples aspectos de la soledad. ¿Y la soledad del escritor?

JB: “El trabajo de un escritor es siempre solitario.  Leemos solos, escribimos solos, aunque luego leamos en público o compartamos los textos impresos en papel.  Yo no nací para el trabajo en equipo, lo admito.  Soy más creativa, más eficiente y productiva en el trabajo individual.  Este oficio era ideal para mí, por eso.  Así que la soledad es un tema fundamental, pero no se trata únicamente de la soledad material o externa, de la ausencia de compañía; el ser humano siempre arriba solo a sus crisis más intensas: nacer, morir, odiar –incluso amar– son experiencias individuales, absolutamente solitarias. Pueden compartirse, pero se viven en soledad. No hay para mí frase más frustrada, más irónica, que aquella de “te acompaño en tus sentimientos”. Nadie siente por nosotros: no hay compañía posible en ese abismo recóndito e impalpable donde sentimos la vida. Doce versiones de soledad explora múltiples manifestaciones de esa vivencia tan humana: la soledad del creador, la del psicópata, del inmigrante, la del pasajero, la de la madre, la del anciano, la del asesino, la del muerto, la del enamorado...”

AMF: Has recibido varios premios literarios, también has sido jurado en otros. ¿Cuál es la función o importancia de los certámenes literarios?

JB: “Pienso que los certámenes literarios cumplen diversas funciones a lo largo de la carrera de un escritor, todas importantes. En las etapas iniciales, cuando comienza a consolidarse esa vocación y el autor está buscando su voz, explorando su estilo, escribiendo aun erráticamente y sin miras a publicar, muchas veces tiene comenzadas varias obras a la vez, todas inconclusas o sin pulir, o incluso ideas para posibles textos que no se ha sentado a redactar porque carece de alicientes: no tiene lectores, no tiene editor, no tiene dinero para publicar. En esa fase los certámenes son un motor de producción literaria porque te ofrecen un objetivo inmediato, lectores cautivos, posibilidades de salir a la luz. Si ganas, ¡qué bueno!, si no ganas, también: son un instrumento para calibrar tu obra en comparación con la de los ganadores, promueven la autoevaluación, la edición cuidadosa, el análisis de cómo tu creación compara, positiva o negativamente, con otras. En fases posteriores, cuando el autor ya sabe bien quién es y qué quiere decir, los certámenes pueden ser una vía para obtener reconocimiento y exponer tu trabajo al ruedo del oficio, y ¿por qué no?, a veces también para recibir ingresos que te permitan publicar otras obras, dedicarle más tiempo a la escritura. Hay certámenes cuyo prestigio pueden hacer a un autor ingresar al mundo literario nacional o internacional, que allanan caminos para que las editoriales se interesen en tu obra y apuesten a ti.  Lo importante en este asunto de los certámenes es no permitir que se conviertan en la razón primordial de nuestra escritura, no traicionar nuestra obra escribiendo “a la medida del certamen” solo porque queremos ganar, y tener la disciplina y la confianza en sí mismo para no decepcionarse si recibimos derrota tras derrota: no todos los certámenes son limpios, no todos utilizan métodos o criterios de selección justos. [...]”

AMF: Como jurado de un certamen, ¿cuáles son los aspectos que buscas al evaluar una obra?

JB: “Dominio de la lengua y del oficio, en primer lugar. Para mí, una buena obra comienza con el respeto absoluto al idioma: y no me refiero a purismo lingüístico, sino al cuidado que se le presta a esa materia prima con la que trabaja un escritor.  Que dentro de los campos léxicos o las licencias poéticas que haya escogido, exhiba consistencia y cuidado en el uso de la puntuación, la acentuación, la ortografía, la tipografía. Que se note que lo leyó y lo pulió minuciosamente.  En segundo lugar, la ausencia de tópicos manidos, de lugares comunes. Que se oiga una voz original, o en todo caso una voz consciente de las voces que influyeron su trabajo (cosa que es natural) y que, en vez de intentar ocultarlas, les rinda homenaje. Todo buen escritor es primero un gran lector, y admiro una obra que directa o indirectamente evidencie que ese escritor ha leído mucho, y que sabe qué dijeron otros para intentar redecirlo aportando algo nuevo.  Para mí esos dos criterios son fundamentales: después vienen el qué y el cómo se cuenta (en el caso de la narrativa) y el qué y el cómo se enuncia (en el caso de la poesía).”

AMF: De los premios a los libros, ¿cómo ves el panorama editorial puertorriqueño y el trabajo de nuestros editores en la actualidad?

JB: “[…] Han surgido muchísimas editoriales pequeñas, de autogestión, que están haciendo una labor fantástica de producir abundante literatura puertorriqueña.  Ciertamente el mercado ha cambiado: si antes te apadrinaba un editor que costeaba tanto la publicación como la infraestructura publicitaria, ahora se ve con más frecuencia el caso en que el autor costea la impresión del libro y la editorial se encarga de la distribución, del mercadeo.  Eso le permite al libro puertorriqueño seguir existiendo en una industria que evidentemente no es autosustentable.  En este renglón nos falta robustecer, sobre todo, la distribución internacional, que es una deficiencia que todavía nos mantiene rezagados. También está proliferando, aunque aun lentamente, la publicación electrónica, una opción que me parece inevitable a estas alturas y totalmente acorde a los tiempos.

“Hay un aspecto del panorama editorial puertorriqueño que me preocupa tremendamente, y tiene que ver con la definición real, amplia, de lo que es un editor: me refiero a la tarea propiamente llamada “edición”. El editor tiene un deber tremendo consigo mismo, con el autor y con el público, y es precisamente el que le dio nombre a su oficio: editar la obra. Se supone que la editorial vela por la corrección ortográfica, tipográfica, gramatical de ese texto, incluso por su coherencia estilística. Lo cuida como lo que es: una obra de arte que merece respeto, reverencia.  Eso se ha perdido, quizás por el fenómeno de una malentendida “autogestión”. En general, y salvo contadas y honrosas excepciones, autor al que se le escapen errores tipográficos o de cualquier otro tipo, sufrirá la vergüenza de ver sus obras reproducidas tal cual. Y ese es un peligro terrible. Si fuera un fenómeno internacional, quizás tendríamos que admitir que los tiempos han cambiado, o lavarnos las manos afirmando que cada autor asume responsabilidad por sus deslices. Pero yo no observo este fenómeno en el resto de las editoriales europeas, latinoamericanas.  Lo observo en Puerto Rico.  Y es algo sobre lo que quisiera alertar, tanto a los autores como a las casas editoriales.  Tenemos que ser más cuidadosos y responsables con lo que presentamos al mundo como nuestra expresión literaria y nuestro dominio lingüístico, tenemos que ser más rigurosos con la corrección de pruebas de imprenta.  Y esa labor le corresponde en última instancia al editor. De no estar dispuestas a asumir esa responsabilidad, las casas editoriales deben quizás considerar el dejar de llamarse como tal y anunciarse como meros gestores de impresión y distribución, que es otro oficio muy distinto.”

Terminamos la entrevista regresando a los silencios del escritor, pero nos lo reservamos como una charla entre colegas, sobre libros, familia, el oficio de escribir y concluir aceptando nuestra cofradía de las soledades apalabradas. Y es que los escritores podemos ser tan socialmente antisociales… que el libro sea hable y grite. Esperamos muchas más publicaciones de la escritora puertorriqueña Janette Becerra.

Notas biográficas:

Janette Becerra. Profesora de Estudios Hispánicos, UPR-Cayey. Publicó en el 2001 el poemario Elusiones (EDUPR) y en 2011 su colección de relatos Doce versiones de soledad (Ed. Callejón). Ha ganado premios internacionales de relato en España (Fundación Gaceta de Salamanca 2009 y Encarna León de Melilla 2010), en otros. En 2010 fue mención de honor en el Certamen de Poesía de El Nuevo Día con su poemario inédito La miniatura, y en 2011 ganó el primer premio en certamen de cuento del mismo diario con su relato “Reflujo pasajero”. Su obra forma parte de las antologías Literatura puertorriqueña del siglo XX (P.R., 2004), Perversiones desde el paraíso (España, 2005), Los rostros de la hidra (P.R., 2008), Poesía de Puerto Rico: cinco décadas (Venezuela, 2009), Nuestra América (Portugal, 2010), Ejército de rosas (Puerto Rico, 2011) y En el ojo del huracán (Ed. Norma, 2011).  Es además abogada, compositora y libretista.

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