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Cuento Corto: Al otro lado de la cerca

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El pasado lunes 18 de marzo de 2013, El Post Antillano abrió una Convocatoria de Cuentos Cortos acerca de la Serie del Clásico Mundial de Béisbol. Recibimos 6 cuentos cortos, de los cuales uno quedó eliminado al no cumplir con el tema, ni la instrucción de las 1,000 palabras y/o una página.

Felicitamos a Edgardo Guerrero por obtener la mayor puntuación en esta convocatoria, presentando: coherencia en la línea argumental y estructura de cuento corto, manejo de la ficción, y el contenido narrativo que logró cautivar la atención. Agradecemos a todos los participantes y les invitamos a que lean los otros dos cuentos con mayor puntuación, hoy en nuestra edición de Página 0. Informamos a su vez que queda abierta la convocatoria a dos espacios más para publicarse el sábado 30 de marzo de 2013.

EPA

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Como buen aficionado, don Mariano sintió en sus adentros el batazo que decidiría el final de la Serie. Las pestañas en los párpados de los fanáticos se levantaron al unísono y escoltaron la bola por el aire, alzando una corriente de viento frío que recorrió el estadio y le puso los pelos de punta.

Aunque por su ceguera no la podía ver, el silencio momentáneo que hubo en el parque le indicó que la bola se había elevado por encima del lanzador. Seguidamente percibió que la muchedumbre suspiraba y tuvo la revelación de que la pelota ahora volaba a velocidad explosiva por encima de la segunda base. Por un instante quedó inmóvil y creyó que el mundo se detenía. Permaneció tieso hasta que oyó cuando la conmoción le avisó que la bola ya bajaba por sobre los guantes erguidos de los guardabosques. Y como muchos otros fanáticos hicieron, en ese momento don Mariano aguantó la respiración, se zambulló en un mar de éxtasis y nadó entre las corrientes del delirio hasta que la algarabía de los espectadores que flotaban en aquel océano de banderas tricolores le confirmó que la pelota había ido a caer al otro lado de la cerca.

Al acabar el partido se ajustó las gafas oscuras y guiado por sus dedos agarró el pasamano y bajó los escalones de las gradas. Recordó haber contado el número de pasos que había hasta donde estaba la parada de autobuses, así que confió en su memoria y palpando el pavimento con su bastón comenzó a caminar. A su alrededor podía escuchar las voces y los gritos de los compatriotas que se enfrascaban en embalsamar la victoria de su equipo nacional con medias verdades y exageraciones. Cuando llegó a la parada se sentó a esperar el autobús, todavía efervescente por el logro de su novena. Radiante, dejó que la tibieza de los alumbrados del parque calentara su cuerpo y disfrutó el olor a triunfo que se mezclaba con la suave brisa del anochecer.

Poco a poco fueron partiendo los fanáticos; el conserje apagó los faroles y los guardianes cerraron con candados los portones del estadio. Y a pesar de que ya hacía horas que había acabado el juego, el entusiasmo de don Mariano por la victoria de su equipo nacional no paraba de aumentar.

Había gastado del poco dinero que le llegaba en su cheque del retiro para pagar la entrada al partido. ¡No importa!, pensó, luego se las arreglaría para cubrir las cuentas de luz y agua. Recordó que quiso venir al juego para dejar de preocuparse de que lo asaltaran en la fila del banco, de que el IVU le robara la mayoría de los pesos que cargaba cuando iba a la farmacia o al supermercado o de lo mala que estaba la situación y no saber que hacer. Y en el montículo de sus adentros comprendió que sólo en el estadio podía arrebatarse con euforia y vencer el miedo que tenía de ver, aun en su ceguera, que su patria estaba perdiendo el control sobre el picheo.

Don Mariano permaneció en la parada sin importarle lo tarde que era, rodeado del confort que el parque desierto le ofrecía. Por mucho tiempo continuó sentado, aferrado a su bastón y dejando pasar autobús tras autobús para no tener que regresar a casa. Risueño, volvía a recordar el batazo que los llevó al triunfo en la novena entrada. Cerró los ojos por un momento y soñó que se abrazaba a la pelota y que al ascender ya no necesitaba sus gafas oscuras porque podía ver el océano de banderas tricolores que le vitoreaba. Pero cuando al fin cayó al otro lado de la cerca despertó. Lamentándose se dio cuenta de que era hora de volver a lo que su vecindario, su isla y su realidad se habían convertido.

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