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‘Sangrienta mirada’

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El atardecer se hacía notar en Tochiyima, barrio ubicado a las afueras de Tokio. En la Casa Kaiiazaki se acomodaban en el jardín las féminas que allí vivían.  Era la hora de la cena y a todas les tocaba disfrutar de un plato de tallarines fritos. Las mujeres mayores se sentaban a la mesa.  Cada cual tenía su silla pequeña o zafu. Las jóvenes, que debían cuidarse más porque se acercaba el día de venta, se sentaban en una mesita sobre suelo de tatami ubicado en el balcón de la escuelita, practicando en todo momento las formas correctas de comportamiento. Las niñas se colocaban en la primera piedra plana que encontraran vacía en el suelo, casi siempre cerca de sus cuidadoras. Era un sector poco poblado.  Sus cerca de 500 habitantes eran, en su mayoría, mujeres. Los hombres se dedicaban a proteger la mercancía, buscar los mejores compradores y hacer prosperar el negocio familiar.  Las prostitutas de la capital acostumbraban visitar aquel barrio para dejar alguna criatura fémina que no pudieron abortar antes, esperando conseguir una buena cantidad de dinero.  Los líderes de clanes seguían visitando el lugar para vender a alguna hija o nieta y liberarse, de esta forma, de cargas económicas o viejas deudas.  De estas, y otras formas menos éticas, se procuraba que siempre hubiesen féminas disponibles para el día de venta anual. Hay casas más importantes que otras o, por lo menos, con mejor cosecha. Algunas se dedican a criar geishas. Otras a educar mujeres para matrimonio, que sepan cómo comportarse con sus maridos, cuidar una casa y criar hijos. Las mujeres menos gratas se vendían como servidumbre y, algunas de ellas, lograban tener una mejor vida vendiendo su cuerpo.

Esa noche, Ayomi se paseaba por el jardín de tenue luz. Era la favorita de la casa. Sabían que su venta traería grandes beneficios. Desde que nació conocía su destino. Esperaba que la comprara un hombre que siempre la visitaba y le había prometido hacerla su esposa. Practicaba su caminar por el sendero de piedras cuando, de pronto, apareció una carita entre la maleza del árbol de cerezos. Rápido fue a investigar cuál de las niñas era. A esas horas debían estar durmiendo y no paseándose por las afueras de la casa. Pero, se topó con una desconocida. Allí se encontraba, entre la humedad de las ramas, una pequeña de siete años. Su piel era suave, tersa y hermosamente clara. Tenía rasgos japoneses pero, definitivamente, poseía otras características muy europeas. Su mirada era fija y penetrante. Ojos enormes y oscuros. Su cabello largo, negro azabache, alisado. Sus labios bastante rosados. Era una niña saludable, bien vestida y cuidada. Cuando preguntaron sobre su origen no recordaba nada, ni de donde venía ni quien era su familia. Su nombre era Kira.

El señor de la casa investigó si otro líder había perdido una chica. Todo estaba en orden en el barrio. Pensaron que era una niña abandonada, había pasado antes. Se alegraron de que la dejaran en Kaiiazaki. Era la joven más hermosa que había llegado a aquel lugar. Su cara de inocencia, la dulzura en sus gestos, la mirada retadora, los rasgos físicos mezclados… tan sólo faltaba educarla bien y pagarían mucho por ella. La pusieron al cuidado de Ayomi. Siendo la mejor alumna, y el mejor prospecto de venta, podría establecer rápido el orden de los módulos educacionales que se le debían enseñar. Kira sabía vestirse y cuidar de su apariencia, mucho más que las chicas entre los diez y quince años, que se disponían a caminar por la pasarela para ser vendidas. Tenía conocimiento sobre la limpieza del hogar y el cuidado de las plantas. Cocinaba la mayoría de los platos típicos japoneses. Al preguntársele sobre sus expectativas mencionaba que anhelaba ser ama de casa, tener hijos y vivir para su esposo. Era bastante educada, sabía comportarse y no hablaba a menos que se le preguntara algo. Rápidamente se ganó el respeto de las cuidadoras y protectoras de la casa.

Ayomi pronto sintió que aquella pequeña le podía quitar su puesto como mejor oferta en el día de venta. Llevaba años preparándose para ser comprada por el mejor inversor. La aliviaba saber que Kira tenía sólo siete años y que la mayoría de los hombres las prefieren mayores de diez. Sin embargo, un sentimiento de recelo se apoderaba de ella en las noches. No creía en las palabras de la niña. Si conocía tanto sobre las tareas, y el lugar de una mujer, cómo era posible que no recordara de dónde venía ni con quién vivía antes. A las tres semanas de su llegada, el dueño de la casa decidió que Kira desfilaría por la pasarela de venta. El doctor que fue a evaluar la mercancía que se vendería se encargó de verificar a la niña. Para sorpresa de todos, ya había tenido su primera menstruación, por lo que estaba preparada para traer hijos al mundo. Él mismo sintió gran interés por ella y determinó que intentaría pujar la mejor oferta.

A una cuidadora le preocupaba que siendo tan niña todavía se viera expuesta a mayor violencia que las otras. Su vasta experiencia le dictaba que debían esperar unos años, pero el dueño de la casa determinó que a él no le importaba el destino de la misma, sino el dinero que pudiera ofrecerles. Además, el año anterior no les fue bien en las ventas, por lo que debían reponerse y esta niña comenzaba a causar curiosidad entre los compradores. El día esperado llegó. Kira y Ayomi fueron presentadas como las mejores ofertas de la Casa Kaiiazaki. Desfilaron juntas por la pasarela y comenzaron rápido las pujas. Kira divisó su presa a lo lejos. Era el hombre que antes había visitado a Ayomi, interesado por ella. Se quedó mirándolo fijamente a los ojos y éste quedó perdidamente obsesionado por aquella pequeña. 14,7 millones de yenes fue el precio final por la muñeca de porcelana. Jamás en la historia se había vendido una joven a ese precio. También compró a Ayomi, aunque por menos cantidad. Aquel hombre acostumbraba a ir al famoso día de venta. Sólo se había casado con cuatro de las sesenta y siete mujeres que había comprado. Todas las demás se las repartía entre sus amigos en sus acostumbradas fiestas y orgías. Kira no caería en eso. Esta vez, quiso organizar lo más pronto que pudo una boda, para que aquella niña delicada se convirtiera en su amada esposa.

Se escogió el 11 de noviembre como fecha de boda, un día de suerte en Japón. El comprador no podía esperar más para tener a Kira en su cama. Cada vez que la veía se obsesionaba más con todo lo que ella era. Le encantaba su cara de inocencia y perversión a la vez. Sabía que su pequeño cuerpo podía aguantar el suficiente placer. La pensaba a cada minuto e imaginaba cómo sería su noche de bodas. Era su mirada lo que más le encantaba. Era aquella oscura profundidad lo que le había convencido de todo lo que le podía ofrecer. Aquello que tanto buscaba lo había encontrado.

El día del encuentro nupcial llegó. Desde la compra-venta, los novios nunca se habían besado o siquiera tocado. Muchos hombres asistieron a la boda, todos encantados con la hermosura de la novia. Envidiaban no haber tenido más dinero para poder ser ellos quienes disfrutaran de ese día. De pronto, Kira hace su aparición caminando elegantemente entre los jardines llenos de flores sakura. Llevaba puesto un kimono rojo con estampados blancos. Sin embargo, no seguía la tradición de llevar un gorro blanco tapándole el peinado. Las mujeres presentes se escandalizaron por esto y lo que representaba. Se asustaron más al saber que su procedencia era desconocida. Los hombres pasaron por alto gigantesco detalle, se fijaban más en la belleza. A Ayomi le había tocado vestirla y prepararla para ese día, por lo que no le importó que fuera de esa forma cuando Kira se lo había pedido. Ella le había quitado la oportunidad por la que había estado esperando. Aquel hombre le había prometido antes convertirla en su esposa y ahora la había comprado para que atienda las necesidades de su amada. Kira continuó su exhibición por todo el jardín haciendo caso omiso del murmullo. El peinado con adornos dorados resaltaban el brillo en su mirada. Los labios rojizos y el rubor en sus pómulos le habían parecer exquisita. Era deseada por todos. Comenzó la ceremonia, la cual duró unos 20 minutos. Se leyó el código de ética de Meiji y, como de costumbre, se bebió sake en tres ocasiones distintas. Ya estando en la celebración, los esposos se pasaron mesa por mesa para agradecer a los presentes el que hayan sido testigos de aquella unión.

El cuarto matrimonial se había preparado con flores de cerezo ubicadas por todo el suelo. El olor a inciensos y velas era de esperarse. Allí, en una esquina, se encontraba Kira con su vestimenta completamente blanca, haciendo resaltar aquellos gruesos labios rojos y la rosa que adornaba su cabello. Le sirvió a su marido una copa de sake y se la entregó en sus manos. Esa niña inocente sabía perfectamente como debía actuar, las cosas que debía hacer y, muy escurridiza, preparó todo para complacer a su esposo. Él sólo disfrutaba del ansiado momento. Sabía que el desvirgamiento se aproximaba. Ella se detuvo y delicadamente se quitó la ropa. Él se quedo observándola directamente a los ojos, los que poco a poco fueron convirtiéndose en uno solo. Las decoraciones doradas del cabello comenzaron a convertirse en cuernos. Él se asustó, pero no podía moverse. Aquella niña empezó a crecer en tamaño, poco a poco, y las piernas se comenzaban a parecer a las de un animal. Al ver en lo que se había convertido, por fin, el hombre comprendió. Pagaría en vida todo lo que le había hecho pasar a aquellas sesenta y ocho jóvenes compradas. Kira era un demonio vengador. Se dedicó a jugar con su cuerpo y a desmembrarlo sin piedad. Las sábanas claras se llenaron de rojo pasión. La agonía fue lenta y dolorosa. Antes de morir, lo sodomizó con la botella de sake. La noticia corrió por todo Japón y desde ese momento se hizo obligatorio que toda mujer, al momento de casarse, llevara su gorro blanco en la cabeza para someter, definitivamente, de esta forma, al demonio vengador con el que han nacido. Aquella leyenda japonesa se confirmaba con Kira, una hermosa niña de sangrienta mirada que había hecho pagar a su marido por todos los pecados cometidos contra indefensas jóvenes. Todos creyeron que sólo por no tapar sus cabellos el demonio la había dominado, pero ella era mucho más que eso, ella era… sanguinaria.

*NOTA: Ganador del tercer lugar en el Certamen Internacional de Relatos Cortos de Foro Escritores.

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