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La cotidianidad del uso de ‘malas palabras’ en la sociedad puertorriqueña

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Comúnmente, lo que se prohíbe es lo que resulta más tentador, y de una manera u otra, se pone en práctica lo censurado o se dice lo que no es debido. Nosotros los puertorriqueños tenemos esas ‘cositas’ que nos hacen únicos y diferentes a otros seres humanos y casi siempre el decirnos que no hagamos, tomemos o digamos algo, es una invitación a que sea realizado. El acto de identificar ciertas palabras como ‘malas’, hace que las utilicemos tal vez para resaltar algo u opinar sobre algún evento que pueda estar ocurriendo en la cotidianidad del día empujándonos a inmutarlas. En todo el planeta, ¿se puede contabilizar la cantidad dispersa de puertorriqueños? Somos muchos en realidad y tenemos una característica peculiar como la sazón al cocinar y también al menear las caderas cuando de un buen baile de salsa gorda se trata. También por ser revoltosos y por tener el magnífico arte de ir en contra de las reglas. Si no nos hacen algo que queremos, nos ‘encojonamos’ rapidito y ‘montamos trompa’. Sin embargo, si no hacemos lo que nos toca hacer, resolvemos todo diciendo que el mandato no fue ejecutado simplemente porque se nos ‘salió de los cojones’ el no hacerlo sin importar la presencia de un niño, un reverendo o nuestra madre. El punto es que resolvemos muchos de nuestros dilemas con un clásico vulgarismo o en palabras más simples, hablando malo. Desde el momento de nuestra concepción, infancia y pubertad nos vemos bombardeados de gente que usa ‘malas palabras’, incluso cuando nacemos y naturalmente se comienzan a adoptar los tan curiosos rasgos familiares, condecoran a nuestros padres diciendo: “Cabrόn(a), se nota que es hijo tuyo” con mucha efusividad. Es increíble cómo se emplean estas adiciones lexicales para recalcar nuestros cambios físicos, y cuando entramos a la adolescencia, no tenemos más remedio que inmutar las palabras que de una manera nos inculcaron, pues el que diga que una palabra no tiene poder, no ha habitado del planeta Tierra. Somos tan puertorriqueños y tenemos arraigado el uso de palabras ‘fuertes’ que en una oración al charlar con una persona, de las quince palabras que esta puede contener, siete son ‘malas palabras’. Podemos situarnos en otra cosa muy cotidiana.

Estando en una fila para pagar los billes y de la misma manera tratar de averiguar el porqué una factura tan alta, estamos predispuestos a utilizar la cortesía y la afabilidad para que todo salga bien y el proceso sea uno rápido. Aquí inicia una aventura que la mayor parte de la población ha experimentado cuando comenzamos con un caluroso saludo a la persona que atiende desde la counter de servicio y que ni se molesta en responder, pues masca con tanta seguridad un Dentyne Ice que tiene miedo de perder la sincronía con la que lo hace. Procedemos a establecer el problema que nos lleva allí y explicamos qué es lo que necesitamos para poder salir de ese aprieto. “Tiene que pagar lo que le vio en la factura, porque si en el papel está es porque usted lo consumió”. La bilis corre la garganta dejando un sabor amargo y molestoso para darle paso a que los pulmones se llenen súbitamente de aire y se vacíen de cantazo porque está cañón a lo que cotidianamente nos atenemos después de tratar de crear un ambiente de paz y armonía. De inmediato meditamos en un espacio tiempo de microsegundos para después volver a resoplar cual toro en una plaza de Sevilla y como nos han tocado la fibra sensible de boricua, algo tiene que ser liberado. “Mira ‘mamita’, como tú quieres que yo pague eso, si en casa de mi mai’ todo siempre está apagao’. Yo ni prendo el aire”. La empleada pendiente al reloj para ponchar e irse a almorzar, la ignora y le repite la letanía del: “Si lo usas, lo tienes que pagar”. Los buenos modales que se nos habían inculcado, o no quisieron llegar hasta el famoso counter o se quedaron abrazados con los pinches del ‘dubi dubi’ que tan armoniosamente descansaba sobre el pelo de la fulana que había abandonado su lugar en la fila y salido mascullando adjetivos contra la trabajadora y de la misma manera le daba gracias a Nuestro Creador diciendo: “Gracias a Dios que me fui, porque si encuentro a la pendeja esa en la calle, jura’o que la meto dentro de un zafacón por cabrona. ¿Viste como masticaba el jodio ‘chicle’ ese? Pa’ la próxima se lo hago tragar. Es que si me coge en mis tiempos”. Es una retahíla única de aberraciones lingüísticas, fonéticas y vulgares producto de una amenaza concebida que no iba a ser cometida.

Somos tan boricuas y nuestros rasgos son tan notables que nos otorgaron cien por treinta y cinco en una isla en el Caribe porque si nos daban un poquito más, nos quedábamos con el mundo y le haríamos galardón al señalamiento de que somos un pequeño continente. Nuestro carácter al hablar es tan reconocido mundialmente que nos oyen en el extranjero y nos despiden diciéndonos: “Ese tipo es lo más humilde que hay, si el cabrón es boricua”. Qué bonito es el ser boricuas. Nuestro sentido patrio llega hasta el punto que aplaudimos al aterrizar en el aeropuerto Luis Muñoz Marín y matamos el momento vociferando: “Aquí lo que hay son boricuas, coño. Al fin en mi tierra”. En este momento es cuando las malas palabras vuelven a nacer pues así es como nos expresamos, nos descargamos emocionalmente, invocamos lo vulgar e incluso puntualizamos lo bien hecha que puede estar realizada una pieza. Si tan solo basta con ir en un viaje en auto para escuchar diversas expresiones para con las canciones compuestas pues no falta el: “esa canción esta cabrona” ό “ese tipo es un caballo escribiendo”. También reina la ambigüedad pues se nos presentan obras teatrales para fomentar el talento del patio y así es como pagamos por escuchar vulgaridades y una colección ilimitada de ‘malas palabras’, más sin embargo, lo educativo nos lo dan a precio de dos por uno.

Como antes mencionado, crecemos con este vocablo y es parte de nosotros desde los momentos en el que entramos a la escuela primaria donde nos dijeron el primer día de clases: “No te dejes joder de otros. Le metes una pela que yo vengo a resolver después”. Unos acatan la orden, otros no, la cosa es que crecemos así y nuestra generación de niños se expresan con obscenidades porque es lo que la sociedad le otorga. De igual manera la tecnología nos brinda un acceso a los vulgarismos sociales haciendo que se filtre nuestra jerga por toda red donde nos expresamos de una manera y si nos corrigen el vocabulario, el crudo lenguaje o nos comentan lo que no queremos que se comente, se manda pa’l carajo a la persona y después se saluda en la calle como si nada hubiese pasado. Por otro lado, este ejemplo le da paso a una interrogante: cuando se le dice ‘cabrόn’ a una persona y muchos miran sin molestarse, ¿por qué en una pelea a los puños si se le llama ‘cabrόn’ a esa misma persona, arde Troya? En síntesis, denotamos que no nos podemos dejar joder si nos dicen ‘cabrόn’ fuera del contexto del sobrenombre, hay que seguir el mandato que nuestros padres nos dijeron pues ellos ‘resolverían’.

Cuán cotidiano puede ser el uso de las malas palabras, si basta con encender la televisión para escuchar el mar de beeps en los talk shows, caminar por las tiendas en los pueblos leyendo dominós o t-shirts que dicen: ‘Coño despierta boricua’ o vestigios de ‘Fuera la Marina de Vieques, coño’. Todos los ejemplos son los que alimentan nuestra mente y nuestro autóctono español con vulgarismos. Pero, si estamos fuera de del pedacito de tierra que nos alberga y queremos sentirnos en familia (porque todos los boricuas embarcao’s somos primos y hermanos), simplemente hay que buscar a una persona yendo contra las leyes de tránsito o gritando junto al cartel que tan propiamente dice que se prohíben las tertulias. Si hay dudas de la puertorriqueñidad, saber dejarse tentar con los sabores de los exquisitos toques puertorriqueños que cualquiera puede decir al terminar de comerse el cerro de comida: “estaba cabrona de buena”; pero para mayor confirmación de que es un boricua, basta con quedarse con la pista de baile al mover las caderas ante el son de la salsa gorda de El Gran Combo o tal vez pedir papel aluminio para llevar comida luego de la fiesta pues cabe decir: “soy boricua y no jodan conmigo” y las cotidianas malas palabras nos identifican es parte de nuestra cultura.

 

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