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creativo

Cenáculos: La literatura confesional

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La confesión es un tema tan común como la blasfemia/transgresión y puede ser hija de cualquier tiempo. Pueden ser tan antiguas como las Confesiones de San Agustín o más recientes como  las de Kilpatrick.  En Puerto Rico este movimiento llegó de la mano de Mairym Cruz Bernal. Desde entonces creció hasta ser una de las principales tendencias en la literatura actual. La literatura confesional se concibe a sí misma como un cuchillo que hurga en lo más profundo del hablante, algo parecido a lo que hacemos en el confesionario, en el diván del siquiatra o incluso en una charla entre amigas. El desdoblamiento es fundamental en la confesión. Esta corriente puede dar a la luz poéticas varias: como lo es una poesía mística escrita desde el urbanismo o una poesía transgresora endosada por una fuerte dosis de innovación e ingenio pasando por la erótica o por una memoria salpicada de giros autobiográficos. Lo importante es la presencia de un Yo lírico o narrativo que confiese y no necesariamente su vida, también puede confesarnos su visión de mundo (lo que odia o ama, lo que le parece mezquino, heroico, lo que desaprueba y lo que no). El yo es para crear ese lazo tan importante con su confidente, que no es otro que el lector.

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Instrucciones para el suicidio de un ama de casa

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Introducción: Para ser suicida, tienes que odiar la vida, en especial la tuya. Escribe (escribo) en un papel quién eres. Siguiente capítulo. Felicidades haz alcanzado todo lo que la sociedad nos enseña como adecuado. Según el manual, en sus capítulos 1 al 5: despertar, preparar el desayuno –si se es mujer (ese es mi caso), preparar café, tostadas con mantequilla y revoltillo para toda la familia–, ponerle agua fresca al gato, vestirse, llevar a los niños a la escuela, trabajar, recoger los niños de la escuela, llevar a la niña al ballet y al niño al karate, buscarlos otra vez, ayudarlos en las tareas, preparar la cena –para todos­–, ayudar con las tareas, planchar la ropa para el día siguiente –la del marido– acostarte ni un minuto antes o uno después que él, hacerle el amor en la postura que más le gusta a él o que esa noche prefiera. Ahora sí, él ronca (ronca como un cabrón). Capítulo 6: Proceder (procedo) a las instrucciones.

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En ocho párrafos y mil palabras...

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Después de acceder a la médula ontológica, abrimos otro ciclo en el umbral de tu voz, como si fuera la antesala de la casa del silencio para volver al principio. Y esto aún cuando hoy se hacen invisibles tanto la ecuación de causa y efecto que lleva todos los días a Papo Impala a gritar desde los espacios de color cerrado en la esquina de siempre: “¡Ya vienen a buscarme!”, delirando después de ver en Reyerta TV una de las temporadas de crímenes domésticos y cuentos traidores, entretejidos en violencias cotidianas de malasangre vislumbradas por una muñeca menor, con pasión y libertad, con eso de no me quieras y autopsias de exquisito cadáver, que entre el delirio y la esperanza, cual si fueran piropazos tienen como valor añadido las peores intenciones transmutadas en anzuelos y carnadas que lanzadas al mar atraparon un pez de vidrio de la extinta especie que en felices días tío Sergio describía como peces emplumados en el más profundo hemisferio de la sombra.

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Canasta de colectivos literarios: Las Musas Descalzas

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Un nombre, una evocación, una manera de manejar el vestido o una época esplendorosa de signos, mensajes y hasta revoluciones. Otra época, después, observando los caligramas escritos, las vivencias, las pugnas; observatorio aprendido de la imagen, de la convulsion dorada que derrama una visión, de ese ruido donde las ideas luchan entre ellas mismas por la hegemonía sobre el propio hombre y el tiempo. La mesa redonda, desafiante, próspera y a la vez interrogativa; un hombre dice sentarse sobre la salvación de sus palabras a las que ahora llama musas.

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Entre cuervos, escuchaba la melodía

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Entre ruidos, escuchaba con claridad las melodías que el violinista a ritmo de jazz le impartía a la música en el Club Katerina, al norte de la ciudad de Chicago. El ritmo musical se entremezclaba con un ruido que no dejaba de molestar. Se trataba de una pareja de cuervos, los cuales interferían con la claridad de las notas musicales. Se volteó en su cama, cuando recordó que la luz del pasillo siempre estaba prendida. El ruido de las llaves cesó. El carcelero había llegado hasta su puerta junto al que repartía la bandeja de comida.

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