Sáb10252014

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La economía del dolor y la solidaridad

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En el día de ayer, un niño llamado Jeffrey fue desconectado de un sistema de respiración artificial, y unos minutos más tarde murió. Llevaba cerca de tres semanas hospitalizado. La razón por la cual llegó al hospital se desconoce. El padre y la madre alegaron que se cayó de la cama. Aunque han tratado de averiguar si hubo otra situación, esta es la razón que aún se sostiene. Hace unos días, los médicos del hospital declararon al niño con muerte cerebral y adujeron que ya no era salvable. La madre y el padre se aferraron a su hijo, y ante la posible perdida fatal, fueron hasta un tribunal pidiendo clemencia pues “habría de ocurrir un milagro”. El milagro nunca ocurrió y murió.

Es una historia triste. Sin lugar a dudas entran en juego múltiples factores, entre otros, el derecho de los vivos a apoyar a los moribundos que son sus seres queridos. Por otro lado, esta el interés del estado de administrar sus limitados recursos en el área de la salud. También esta el derecho de terceros de poder utilizar los órganos que sean donados. En fin, que se trata de una economía que depende de un cuerpo moribundo, para poder subsistir.

 

En la vida no todo es automático. Es sin lugar a dudas, una complejidad que hay que desmontar. La vida a partir de la salud es compleja y sobre todo, los factores económicos se imponen ante los factores emocionales. En esta medida el niño Jeffrey representa lo difícil que es tomar decisiones ante casos en particular.

Tal vez lo que faltó en todo este caso fue una discusión de la bio-ética. De cual es la relación entre la salud y lo humano. ¿Cómo garantizar que ambos aspectos sean tratados de igual forma y con iguales derechos? No me parece que la contestación es automática. Es una contestación humana, tan sólo humana. Esto quiere decir, que habrá que tomar en consideración distintos factores, y a fin de cuentas el que desea que su hijo permanezca vivo, debe pensar en todos los ángulos de la conversación.

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