Mié08272014

Last update01:28:45 PM

Perspectiva económica: No habrá prestación sin contraprestación...

  • PDF

En el mundo actual de diseño, producción, excesos y competitividad navega sobre el tintero una pregunta que como sociedad no hemos llegado a formular. ¿Queremos un Estado de bienestar o un Estado de beneficencia? Y es que las políticas sociales y económicas del país andan tan divergentes que por un lado, promueven las micro-empresas y los empleos mal pagados (aquellos asociados a las mega-tiendas) y por otro, impulsan la solicitud masiva de transferencias federales en cuantías enormes. Surge una simple pregunta: ¿Qué modelo de sociedad queremos ser?

Ciertamente, la mejor política social que puede existir es el empleo. Aun mas, si estos empleos serán remunerados a tal grado que permitan a la ciudadanía acceder una vida digna -una vivienda adecuada (sea de su propiedad o alquilada), una educación de calidad y servicios médicos primarios-. El estado de bienestar garantiza el nivel de vida mínimo, en términos de prestación de servicios gubernamentales y no en términos de cuantías económicas, como se ha malentendido. Nuestra sociedad debe acoger en su ADN que la dignidad humana no se cuantifica ni se compra en Walmart. El alcance de nuestro Estado de bienestar es esa carta de derechos publicada en el Artículo II de nuestra Constitución que enumera los Derechos Humanos reconocidos dentro del Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

A su vez, es interesante que no se planteen las contraprestaciones que se le exigirá a la ciudadanía como parte del contrato social que surge de la Constitución. Mas, solemos comentar que la dependencia es un problema y decimos poco o nada acerca de la integración comunitaria. Es decir, ¿se debe exigir una contraprestación a los ciudadanos que reciben dinero público? Si. Nuestro actual sistema de bienestar está arcaico, obsoleto, colapsado, no sirve de amortiguador social, hunde a la ciudadanía en la marginación, provoca exclusión social, estereotipos, una burda criminalización de la pobreza y no responde a los retos sociales que enfrenta nuestra sociedad. En efecto, nuestro sistema de bienestar convertido en sistema de beneficencia destruye nuestro mercado laboral. De ahí, ese típico comentario: “las personas que viven de las ayudas del gobierno viven mejor que uno”.

A principios de la década pasada, Alemania se enfrentó a una problemática social mayúscula, muy parecida a la nuestra. Con una población que envejecía estrepitosamente, altos costos de manufactura y producción, un alto nivel de vida, una gran cantidad de jubilados y cinco millones de desempleados. El amplio sistema de bienestar alemán no estaba diseñado para semejante bomba social, que amortiguaba la pérdida de ingresos por trabajo de las familias pero que no atacaba la raíz del problema: No había empleos. El consejo económico y social alemán promulgó las reformas Hartz que tendrían como máxima: “No habrá prestación sin contraprestación”. Al gobierno de turno le costó irse a la oposición y llevan 10 duros años como partido minoritario. Hoy, Alemania ha capeado la crisis como el mejor estudiante de la clase, por encima de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Japón.

Reformular nuestro sistema de bienestar, tiene que comenzar por: (i) enfatizar que la única manera posible de ganarse la vida es a través del trabajo; (ii) reformular el trabajo para que incluya el trabajo comunitario, sin remuneración directa (voluntario) y en el caso de los desempleados de larga duración, su readiestramiento; (iii) fomentar la solidaridad en vez de la filantropía; (iv) eliminar la mentalidad de trabajadores enfrentados a patronos y empresarios, donde unos ganan si otros pierden; (v) mejorar los servicios públicos para evitar el sentimiento de explotación fiscal que tiene la clase asalariada; (vi) reducir los impuestos de las rentas al trabajo (bajar las planillas) vía aumento de los impuestos indirectos al consumo y (vii) por ultimo, implantar un sistema de mérito y esfuerzo donde los puestos de trabajo estén ocupados por las personas mejor preparadas y no por las “mejor conectadas” con la administración pública de turno.

Por el camino que nos conducimos solo atisbamos el abismo y nos acercamos a la caída libre. Si, lo aquí expuesto son reformas dolorosas que conllevan sacrificios inmensos para toda la ciudadanía. Pero se llaman sacrificios porque sirven para algo, sirven para tener futuro. ¡Podemos!

 

<