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Una posibilidad que brinda Internet es una retroalimentación o diálogo con los lectores más inmediata

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“Internet es el espacio de propagación e intercambio cultural más extenso que ha tenido la humanidad. Ninguna biblioteca, ni siquiera todas las bibliotecas juntas, contienen la cantidad de información que se encuentra en la red de redes”. La cita pertenece al catedrático español Raúl Trejo y da pie a la reflexión, que, cotidianamente, hacemos desde una revista como La Jiribilla. ¿Qué es, y qué debe ser, el periodismo cultural, en Internet?

 

La Jiribilla, como ustedes saben, nació para un medio que, a la altura de 2001, era todavía ignoto en Cuba pues la Isla había comenzado a incursionar en la autopista de la información en 1998. Surgió como resultado del impulso de un grupo de personas que en su mayoría venían del periodismo tradicional; pero también como resultado de una voluntad política por comenzar a posicionar en la Red de redes contenidos sobre la Isla, vistos desde la mirada de nuestros artistas e intelectuales.

Fue decisivo entonces que la revista comenzara su andar por la red con un número dedicado a Reynaldo Arenas y la película Antes que anochezca. Con ese golpe de audacia, La Jiribilla comenzaba a abordar temas que hasta entonces habían sido obviados o vedados, llenando así nichos informativos que estaban siendo copados en Internet desde fuera de Cuba, mayoritariamente a través de campañas mediáticas de tergiversación. Muchos de quienes están en esta sala seguramente han escuchado, y en varias ocasiones, sentenciar que la cultura, al igual que el deporte, es una de las especializaciones más nobles del quehacer periodístico. Si lo pensamos en términos de los problemas para el acceso a las fuentes, comprobación de datos y cifras que tienen nuestros colegas de otras ramas, la afirmación podría ser cierta, pero sería, al mismo tiempo, superficial.

A pesar de que desde los años 50 y 60 en el mundo académico es frecuente escuchar hablar de los aportes que los Estudios Culturales o áreas de estudio como la antropología y la etnografía le han añadido al concepto de cultura, la tradición más positivista que se respira mayoritariamente en nuestra enseñanza nos ha acostumbrado a entenderla solo como aquello relativo a las bellas artes.

Nuestra prensa así lo refleja cuando las páginas de los diarios o los segmentos culturales de radio y televisión se limitan a reseñar funciones de ballet, conciertos de música —no importa si clásica o popular—, exposiciones de pintura, estrenos de nuestras salas de cine o títulos recientes producidos por nuestras editoriales en epidérmica presentación de títulos, autores, géneros.

Según el ensayista norteamericano Michael Parenti: “En las Ciencias Sociales académicas a los estudiantes se les enseña a pensar en la cultura como algo que representa las costumbres, los valores y las prácticas acumuladas por una sociedad, incluyendo su lenguaje, su arte, sus leyes y su religión. Esta definición suena muy bonita y neutral, pero la cultura es cualquier cosa menos neutral. Es algo más que nuestra herencia común, que el aglutinador social de nuestra sociedad. El pensador político del siglo XVIII, Edmund Burke, se refería a ella como el vínculo imponderable de consenso que mantiene unida a la sociedad. Pero la cultura además de ser un campo de consenso lo es de conflicto” .

Coincide en ello la intelectual cubana Graziella Pogolotti: “Omnipresente, la cultura engloba saberes, tradiciones, costumbres, modalidades de trabajo, la recreación, el deporte, la práctica de los oficios. La ciencia, la historia documentada y la memoria viva forman parte de la cultura. Transformada por la mano del hombre, la naturaleza y su modo de contemplarla, agredirla o preservarla, llega a constituirse en parte de la cultura. A través de ella se ha construido lo que somos, se ha modelado nuestra sensibilidad, nuestras formas de convivencia, nuestros valores. Anima y da sentido a lo que llamamos cosmovisión."

“Entendida en su acepción más integral, la cultura se coloca en el centro del debate contemporáneo en una coyuntura que llama a redefinir el sentido de la existencia humana ante un proceso de enajenación progresiva. Fragmentar la esencia del problema en juego, reducirla a las consecuencias de la vitrina consumista, a la validez de ciertas corrientes artísticas, contraponer la visión localista a los anchos horizontes abiertos a los confines del mundo, implica abandonar lo sustantivo a favor de lo aparente.”

Con un término tan polisémico como Cultura, que ya en 1965 registraba 250 acepciones, resulta poco menos que imposible entonces ofrecer una receta única de cuál debe ser el modo en el que se ejerce el periodismo cultural. ¿Qué hemos pretendido entonces hacer, desde la ventana de información que significa La Jiribilla? Pues entender la cultura con este concepto amplio e inclusivo del que hablaba la doctora Pogolotti, intentar seguir el camino de la tradición humanista que en nuestro país pasa por Félix Varela, José Martí, Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella y que los integrantes de la Escuela de Frankfurt hicieron en los años 20 del siglo pasado desde la teoría de la comunicación: situarla en el centro del debate filosófico de nuestro tiempo. Por esa razón, La Jiribilla ha pretendido registrar los más grandes acontecimientos culturales de la Isla en los 11 años que lleva de fundada. Ha hablado desde las Ferias del Libro, Festivales de Cine y Ballet, y ha compartido cada uno de los pasos de las visitas de artistas e intelectuales de renombre mundial como Howard Zin, Marcel Marceau, Wynton Marsalys, Luis Eduardo Aute… pero no solo eso.

Cuando tras la destrucción de Bagdad desde los EE.UU. se anunciaba: “Irak hoy, Cuba mañana”, La Jiribilla potenció en abril de 2003 un gran movimiento de apoyo a la Revolución cubana liderado por las voces de intelectuales como Pablo González Casanova, Volodia Teitelboim y apoyada por cubanos como Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar, Alfredo Guevara, Fina García Marruz y Miguel Barnet, por solo mencionar algunos.

Miramos la problemática cultural como espacio estratégico desde el cual pensar las contradicciones sociales, cuando publicamos análisis a propósito de la influencia en nuestra política cultural de aquellas reuniones de 1961 en la Biblioteca Nacional que culminaron con el discurso de Fidel conocido como “Palabras a los intelectuales”, o cuando hacemos a la luz debates entre historiadores, sociólogos e investigadores en torno a temas de nuestra historia como la Masacre de los Independientes de Color, o cuando organizamos dosieres sobre Cultura y mercado, La cultura cubana desde la diáspora, Religiosidad en Cuba, Literatura y homoerotismo o Cambio ambiental global.

Si hacer periodismo en Cuba hoy, entraña riesgos comunes para todos los reporteros y editores de publicaciones culturales, como la ausencia de crítica (literaria, musical, plástica, teatral, cinematográfica) y el alejamiento de los intelectuales de los espacios informativos y de opinión de nuestros medios masivos, hacerlo para Internet acrecienta estos retos por el cambio en las rutinas productivas y de las dinámicas de cierre que el periodismo digital ha traído.

Para empezar, en Internet abundan los sitios de noticias, los blogs, las redes sociales, pero no las revistas y La Jiribilla es, precisamente una revista que pretendía, y pretende, ser heredera de la larga tradición de revistas culturales de Cuba, y que incluye a Orígenes, Ciclón, Nuestro Tiempo, Lunes de Revolución, La Gaceta… así como recuperar géneros y recursos como la sátira política, que tanta importancia tuvo en nuestra prensa.

Pero La Jiribilla digital se actualiza los sábados de cada semana, con dosieres monotemáticos que, como ya habíamos visto, pueden variar desde coberturas periodísticas hasta acercamientos ensayísticos a determinados temas. Eso significa tiempos de entrega muchos más cortos para los que los autores en ocasiones no se sienten preparados, aunque también da la posibilidad de una socialización muchísimo mayor de la información.

Según afirman las periodistas Martha María Sánchez y Janet Comellas: “Habría que examinar la calidad; pero es innegable que nunca un humano pudo acceder a tantos y tan variados contenidos en escasísimo tiempo y apenas sin esfuerzo, sin tener que moverse del lugar, a veces su casa. Informaciones que antes eran de difícil acceso o en las que uno invertía muchísimo tiempo y esfuerzo, ahora están ‘a mano’” . Esa posibilidad de distribución de los contenidos, que tan democrática parece a primera vista, también trae resquemores de plagios entre catedráticos e investigadores, acostumbrados a los circuitos de distribución impresos y que por esa razón a veces se niegan a dar sus textos para publicaciones digitales.

Una posibilidad que brinda Internet es una retroalimentación o diálogo con los lectores más inmediata. Son incontables las ocasiones en las que ponemos un contenido en la página y a los diez minutos estamos recibiendo correos de los lectores o comentarios en la redes sociales —donde también La Jiribilla está inmersa— comentando, apoyando o rebatiendo incluso, las propuestas de un texto o los puntos de vista de un autor. Ello nos ha permitido ser espacio, también, para polémicas sobre temas culturales, tendencia ya casi inexistente en nuestra prensa.

Entendemos —al igual que el estudioso español Jesús Martín Barbero—“la comunicación como parte constitutiva de las dinámicas de la cultura” . Estamos conscientes de que los medios somos constructores de imágenes y que estas pueden volverse estereotipos culturales, así es que defendemos la imagen de una cultura rica, variada, inclusiva, que no se piense solo desde dentro de los márgenes de la Isla.

Intentamos ser el espacio desde donde nuestros intelectuales y los pensadores de izquierda de todo el planeta puedan discutir sus preocupaciones y posturas relacionadas con las más disímiles temáticas concernientes al escenario actual de Cuba y el mundo. Intentamos también potenciar su voz, para que puedan hacerse oír en el extenso mundo paralelo que es Internet.

Ese es nuestro periodismo cultural, el que practicamos, sin recetas, intentado tras 11 años de existencia, ser fieles al espíritu lezamiano que invoca y que ha convertido a la publicación, al decir de Fernando Martínez Heredia en “un hecho cultural” y que, “por ser un hecho cultural puede servir para esta guerra que es, (…) la más importante que enfrenta el capitalismo en el mundo hoy”.

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