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Breves en la cartografía cultural: entre madera y libros, un testimonio fundamental y continuo

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porque algunos hombres buenos hay

que lo siguen siendo.

Canción Algunos hombres buenos

Los Rodríguez

 

Cada vez que veo un mueble que deja ver los anillos de la madera en su textura, inevitablemente a mi mente llega la figura de mi tío. Ebanista de profesión, es por su persona que llevo mi primer nombre. Aunque Carlos es un nombre que siempre surge en las diferentes generaciones de los Cana. Al menos sé de seis Carlos en la familia, algunos incluso teniendo un segundo apellido similar.

Pero mi tío es Carlos Ramón, y más allá de verle con martillos, clavos y paneles. Serruchando tablas o cepillando madera, fue su amor a los libros uno de esos ríos tributarios que determinaron mi vocación como escritor. La primera biblioteca diversa a la que tuve acceso fue la suya. Historiador aficionado y empedernido, los conflictos mundiales y la historia europea le apasionan. También los temas de búsqueda espiritual, quizás por influencia de mi bisabuela Lila, o el mapa estelar y la posibilidad de vida más allá de nuestros linderos terrícolas.

Mi tío Carlos nunca ha tenido que predicar para testimoniar su amor por Puerto Rico y su compromiso social. De una u otra forma, desde sus posibilidades, su disposición espontánea para servir al prójimo ha sido lección a emular. Tío incondicional con sus cinco sobrinos, recuerdo cómo era la fuente de ingresos principal del vendedor de dulces del barrio, a cuenta nuestra. Tanto los blonis, como las cucas, los mantecaditos o las paletas de chicle, engrosaban, casi a diario, la libreta del fiao que había en la pequeña tienda de madera.

Tío Carlos era siempre quien nos acompañaba a los juegos de pelota que hacíamos en la playa. Y cuando mi hermano Tomás trascendió la bola de goma y fue parte de equipos de beisbol de pequeñas ligas, con un buen desempeño, era mi tío Carlos quien le acompañaba. Sucedía que a nuestro padre, por desempeñarse como bombero y tener turnos rotativos, se le hacía difícil acompañarnos cuando apenas había dormido. Por eso siempre buscábamos la afirmación continua de tío Carlos, para cualquier turno de invento que teníamos. Recuerdo particularmente el año que estuvo acompañándome a las clases de pintura en el pueblo de Bayamón. Mientras yo intentaba dibujar bodegones y paisajes playeros, él esperaba pacientemente, leyendo alguna revista en uno de los bancos de la plaza.

Y como mencioné, siempre le involucramos en el proyecto de turno. En mis años de quehacer teatral, no tuvo más remedio que fungir como escenógrafo oficial. Tanto para La carreta, de René Marqués, como para La Resentida, de Enrique Laguerre, así como para algunas ediciones de Variedad en Navidad (espectáculo navideño en el que gran parte de la juventud católica del pueblo participaba) era mi tío quien construía los bastidores, los ‘pie de amigo’, balaustres y alguna otra pieza necesaria para ambientar la producción en cartelera. Así fue que como actores se nos hizo fácil trasladarnos a una hacienda del siglo XIX, o manifestarnos en una escuálida estructura de madera y paja en el campo, o escenificar maestra vida en un dinámico y colorido trasfondo. Gracias la mano diestra en la madera de mi tío.

Escritor innato, alguno de sus cuentos y poemas figuran en la primera serie de Taller Literario. Sus personajes no se apartaban de su realidad inmediata, y en sus páginas salían obrero, caminantes o los pelicanos en medio de la bahía de Cataño. Sin duda, mi tío merece que sus cuentos aparezcan reunidos en un libro, o en alguna antología de escritores que pertenecen a ese litoral costero.

El último día que residí en Cataño, antes de mudarme al ‘jardín de flores’ que me encontré cerca de la Avenida Universidad, en Santa Rita, le visité para despedirme. Y me resultó casi imposible balbucear alguna palabra por el sentido de agradecimiento que sentía hacia su persona.

Después, de una u otra forma, siempre hemos estado cerca. Y hasta hace poco mi biblioteca personal recibía amable albergue en los libreros de madera que él, con su desprendimiento acostumbrado, construyó. Ahora, sin embargo, que me encuentro en otra etapa en la que media -en apariencia- mayor distancia, la presencia de mi tío continúa siendo presencia fundamental que oxigena mi existencia.

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